EL PARQUE CENTRAL.
Salgo del Midence Soto y divisó una oportunidad de cruzar la calle que estará despejada por unos 10 segundos, una vez al otro lado, veo a un anciano pidiendo una limosna recostado en las paredes de la catedral, la gente camina sin detenerse a cumplir con los deseo de aquel desahuciado longevo.
Sigo mi camino hacía el Parque Central y observo en la puerta de la gran catedral unas señoras empedernidas preparadas para rezar por su alma y la de los suyos, listas para hacer su entrada triunfal y entusiasmadas por lucir sus elegantes indumentarias a la vista de sus rivales a las que saludan con un hipócrita beso como símbolo de zalamería mal actuada.
En la acera de la iglesia están unos señores, probablemente desempleados, quien sabe lo que esperan, probablemente ni ellos lo saben, o quizá saben que lo que esperan nunca llegará por que la esperanza de un empleo es como esperar a que llegue la cura del cáncer.
Me aproximo al centro del parque, ahí hay más desempleados teniendo tertulias lujuriosas en pleno aire libre y que caen a oídos de colegialas inocentes. Hay un pequeño carro como de juguete de la policía en el ala este del parque, dando vueltas, aunque algo inútil su presencia por que del otro extremo un jovenzuelo acaba de robarle su monedero a una mujer que carga a su hijo, y esta sin darse cuenta sigue su marcha sin detenerse. Una artista extranjera pinta un hermoso dibujo en el suelo, es una especie de flor de muchos colores con espinas negras, quisiera quedarme hasta que la termine, por qué estoy segura de que mañana los aseadores municipales ya han de haberla lavado.
Me detengo por unos minutos a observar el movimiento; puedo ver a niños, jóvenes y adultos. Cada uno con distintos roles. Pero veo mi parte favorita del parque central, la estatua de mi héroe nacional y unionista centroamericano, Francisco Morazan. Tiene un porte espectacular, montando su caballo. Pero también veo que la única persona que lo contempla soy yo. Ningún joven, ningún adulto y ningún anciano le recuerdan ni le agradece la valentía del General Francisco Morazan. Solo es una estatua más, un armazón de cemento esculpido y pintado. Quizá ya no recuerden quien fue él, o tal vez sea por que no lo admiran.
Se me acerca un niño a pedirme 5 lempiras, “ya no piden un lempira” pensé, ¿pero como pedirán un lempira cuando este no les ajustará ni siquiera para un dulce? Y le respondo que si me dice quien es el personaje de la estatua le daré lo que pide. “Es un hombre que sale en una película de miedo” me dijo, con mucha decepción le explique quien era, le di lo que en un principio me pidió y continúe mi camino.
Crucé la peatonal viendo a más artistas y cuidando de que no me metan la mano en el bolsillo como ya lo han hecho muchas veces y me han dejado sin el pasaje. Es bueno ver a personas ejecutando instrumentos musicales, es muy relajante. También veo a personas predicando la palabra de Dios, y a un niño con hidrocefalia junto a su madre esperando a que un buen samaritano se acerque y les brinde una limosna.
Crucé hasta doblar hacia la iglesia los dolores y pude observar de largo las palomas que yacen frente la iglesia y que esto atrae a muchas personas a alimentarlas. Crucé entre ellas, pasé por el mercado los Dolores y baje hasta el “hoyo de Merriam” y finalmente llegué al punto de taxi colectivo, me subí a uno y me sentí triste por qué me di cuenta que tendré que pagar dos lempiras más que quedaban libre en mi presupuesto.
